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Marcharse

Le vieron marcharse, asomados a las ventanas de la fachada.  -Le han puesto en la calle.- comentaba uno desde el rellano, apagando su colilla en la maceta del geranio. -Iba siendo hora. Le vieron marcharse con sus dos bolsas de deporte pasadas de moda llenas de ropa por lavar y seguido de su perrillo negro sin collar que le seguía contento de dar un paseo extra. Dentro seguían los murmullos.  - Era su perro el que orinaba en la escalera. Esta gente es muy sucia. Qué gente? Estos, ya sabes. ¿No vivía una chica con él? Por ahí baja. Se acabará de levantar. ¿A estas horas? Se pasa toda la noche fuera. ¿Trabajando? Ya me gustaría saber dónde. ¿Y ese olor? Se habrá dejado las ventanas abiertas. Cocinan cada porquería. Y el riguitón o como se llame eso siempre a todo volumen. ¿Tú le dijiste algo? Yo nunca. Como para bajar a casa de ese, a saber lo que me hace. No, qué voy a ser racista. El que es mal vecino es mal vecino. Antes aquí sólo vivía buena gente. Le vieron marchar...

Músculo de narrador

Tenía la sensación de haberlo perdido. La habilidad de narrar, especialmente de describir con eficacia lo que ocurre en una historia e improvisar acciones o detalles, es como un músculo. Hay gente que nace con fibras musculares más grandes o más pequeñas pero en esencia, entrenarlo y usarlo en condiciones de reto es fundamental para que crezca. Además, es una habilidad muy específica. Es diferente de la capacidad para inventar mecánicas, diseñar sistemas, imaginar ambientaciones, crear tramas de aventura o pasar a texto cualquiera de estas. Así, aunque algunas de las habilidades que se ponen a trabajar en los juegos de rol están relacionadas entre sí, se puede ser mucho mejor en una que en otra. Yo tenía la sensación de ser un buen narrador, en el sentido definido anteriormente. Llegó un momento, hará casi un año, en que creí empezar a perder esa capacidad o haber mermado enormemente, en todo caso. Primero sentía que las descripciones no llegaban a la mesa de juego y luego fui de...

Cuatro millones de años

Dicen que las diferencias entre dos personas se deben a nuestros cuatro millones de años de evolución. Parecen muchos pero son en realidad muy pocos. Comparados con otras especies, somos apenas un ramillete de flores, la mayoría secas, en un gigantesco majuelo alcanzado por la primavera. ¿Cómo puede la biología explicar cada uno de los pequeños insultos ocultos en una conversación educada? ¿Es posible que los genes hilen tan fino, planeen una estrategia tan afilada contra los sentimientos de otra persona? ¿Cómo sabe tu ácido desoxirribonucleico dónde iba a terminar esto? Cuatro millones de años no lo explican pero tu portazo sí.

Clavos

Era el truco más importante de su vida, con el que quería vencer a su padre el destino y su madre la desgracia, según los cuales nada le había salido ni le saldría bien en la vida. Intentó lo más complicado, varios trucos a la vez, haciendo la extraña cuenta de que juntando mañas en las que era mediocre podía sumarlas para hacer un éxito. De pie sobre su cama de pinchos, las manos ocupadas en malabares con antorchas y un puñal tragado hasta media garganta pero al faquir lo que le sentaron mal fueron los clavos. Dos cajas se había tragado. El público contenía el aliento con los dedos y los dientes agarrotados, tan ilusionados con el éxito como expectantes por el fracaso. Al faquir no le sentaron bien los clavos, decía. De hecho, mal, muy mal. Lo primero que el público notó fueron unos espasmos abdominales. La desnudez del disfraz, taparrabos blanco y turbante azul, dejaba ver al estómago culebrear hacia arriba. Al llegar la contorsión aquella hasta la garganta, en las filas más...